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Wilson Gòmez 7 de enero de 2008,

martes, 6 de mayo de 2008

De fantasmas y culpas


De fantasmas y culpas
Reflexiones autobiográficas en relación con la lectura y la escritura
Por: Wilson Gòmez Moreno

El primer libro que atrapó mi atención -tal vez porque siempre estuvo escondido- fue La alegría de leer, un texto de mi abuela que contenía, entre muchas cosas, descripciones sobre la naturaleza, los insectos, los monos, algunas ilustraciones bellísimas y muchas historias -como ~La ninfa eco", "El pavo real y el ruiseñor", Los viajes de una gota de agua"," El hada del bien"..., de las que vine a tener razón años después de la muerte de doña Elvira, cuando mi tía lo rescató del baúl donde permaneció por más de medio siglo. Ya no tiene pastas y el ciclón del tiempo arrasó con muchas de sus hojas; es imposible encontrar las referencias bibliográficas; en los márgenes se puede hallar un abundante repertorio de números telefónicos, direcciones-tal vez por eso su celo con el texto- y apuntes realizados con los débiles trazos de alguien que apenas conoció el alfabeto. Mi encuentro con la lectura y la escritura, descontando ese maravilloso hallazgo, fue absolutamente frustrante y doloroso; en mi caso, no hubo un alma generosa que indicara el camino. Descubrí mi pasión por los libros muy viejo y por el accidente afortunado de la soledad.

Mi abuela me amenazaba siempre con llevarme a la escuela porque allí sí iba "a saber lo que era bueno". Recuerdo que algunos de los tantos refranes que repetía entonces eran aquellos de que "la letra con sangre entra" y "sólo lo que se aprende con dolor perdura". Eso lo tenían claro mis maestras, seres llenos de bondad a pesar de todo que murieron en su trabajo, seguras de estar haciendo lo mejor.

Llegué a la escuela con los bolsillos llenos de colmillos de animales, piedras preciosas y pedazos de pita que, junto con algunos huesos y cañas, hacían parte de mi colección de juguetes. Conocía muchos de los senderos que rodeaban la casa de «Cuatro Esquinas», como los caminos al nacimiento de la quebrada y la ruta de La Virgen por donde atravesaba un breve bosquecito de piedras que, según contaba la gente, hacía parte de la maleta que el diablo había olvidado en su camino. Encaramado en la roca más alta contemplaba mi bello pueblo mientras leía la intrincada complejidad de lo que para ese entonces era todo el universo. Sabía leer en el pasto, con acertada precisión, los rastros de animales o caminantes; cazaba cangrejos, y con maestría dibujaba a Míckey Mouse, Tribilín, Pluto, al Fantasma... personajes que emergían del envoltorio de la panela, ingrediente indispensable del "mercado de tienda" de los lunes.

Cuando llegué a la escuela mis profesoras me convencieron de que no sabía leer ni escribir, porque estos oficios no consistían en descubrir o reproducir los significados del mundo. Escribir era una tortuosa repetición sin sentido de rayitas, bolitas y enredados gusanos resortados, que terminó persuadiéndome de que tampoco sabía dibujar. Con agotadoras planas de "colombinas", i de indio, u de uva, o de oso, a de ata y de extrañas ¿consonantes? me hicieron creer que "saber escribir" era dibujar letras bonitas y ordenadas y mantener el cuaderno limpio, faenas que en mí caso resultaron complicadísimas y extenuantes, sencillamente porque mis trazos nunca se ajustaron al gusto de mis profesoras. A estas alturas tengo una caligrafía tan ilegible como los gusanos que me obligaron a dibujar; y de mi orden prefiero no hablar.

Me ocultaron que los signos que trataba de representar en eI cuaderno remitían a cosas reales del mundo, que “mamá", significaba doña Rosa y no la m con la a, la m con a y la tilde. Me obligaron a mentir: en mi casa no teníamos "osos" o "sapos" que se "asomaran", mi papá nunca "puso la sopa en la mesa" y en la cuadra apenas si alcanzábamos a jugar maras y no waterpolo como lo pretendía la cartilla.

Cuando aprendimos a tartamudear las sílabas y a escribirlas separadas con guiones, nos enseñaron a repetir en voz alta frente el salón retahílas de palabras y frases y a transcribir del tablero textos breves que pocas veces entendíamos, sobre biología o historia patria. Aún recuerdo sin dificultad la primera lección de educación cívica en segundo de primaria: “Zapatoca fue fundada el 13 de octubre de 1743 por el padre Francisco Basilio de Benavides, cura párroco de Guane, y nueve compañeros más.

El ejercicio de escribir estuvo sujeto al miedo, porque cuando no estábamos transcribiendo nos estaban evaluando. Además de la angustia por el olvido ante la necesidad de repetir de memoria estaba el terror de no saber cómo escribir “bonito" y correctamente las palabras. No puedo olvidar cómo algunas profesoras, después de exponernos al ridículo, nos arrancaban las hojas o nos hacían repetir los cuadernos completos porque omitíamos tildes o confundíamos la b de burro con la v de vaca.


Desde segundo de primaria hasta sexto de bachillerato -grado undécimo en la actualidad- repasamos los conceptos de sustantivo, adjetivo, adverbio, preposición, y tantos otros que nunca aprendimos a reconocer en la práctica porque los ejercicios de aplicación no tenían una intención auténticamente comunicativa. Nos ocultaron que los verbos son acciones en el mundo, que muchos adjetivos son el resultado de la contemplación, que "bello" no es una palabra que califica a un sustantivo sino que bello era mi pueblo desde la piedra desde donde lo contemplaba.

No recuerdo un cuento distinto a Caperucita roja o la Bella durmiente. Por las manos de mis profesores jamás pasaron Las mil y una noches, Las aventuras de Tom Sawyer o las obras de Pombo. Recuerdo con más facilidad los discursos de protesta ante un gobierno que violaba los derechos laborales del magisterio, y que se repitieron hasta el último semestre del colegio. Cuántas veces salimos a gritar a las calles para que les pagaran el salario a los profesores o para salvar el Instituto de un "cierre inminente». Gracias a Dios olvidamos con mucha facilidad lo que aprendimos en el bachillerato, me decía un colega. Yo diría que aprendimos muy poco.
Muchos años después, y por circunstancias accidentales del destino, debí asumir el papel de maestro. Sin ninguna preparación y sin más ayuda que mi torpe iniciativa, terminé replicando la metodología del castigo, el regaño y el soborno, obligando a unos pobres chicos -que aún con mucha razón deben odiarme- a repetir innumerables planas que terminaron por convertir la lectura y la escritura -maravillosos instrumentos de conocimiento del mundo-en un castigo. Hace poco me sorprendía al comprobar cómo a estas alturas la coordinadora de disciplina de un «colegio de avanzada pedagógica» castigaba a un pupilo con ana tarea que consistía en repetir 500 veces "Debo respetar a mis profesores y compañeros". ¿Quién no va a odiar la escritura después de estas estupideces?

Si en la escuela aprendimos a odiar la escritura, el colegio nos despertó el rencor por la literatura. Entre muchas razones porque todos los ejemplos de uso correcto del lenguaje eran extraídos de obras clásicas de literatura que, así sueltas, no dicen nada; segundo, porque sólo nos mostraron fragmentos (sospecho que mis profesores jamás leyeron las obras completas). Recuerdo que me tocó leer María de Jorge Isaacs a los diez años. Nuestro gran escritor no tiene la culpa de la torpeza de los maestros, pues una obra de esta magnitud y con este lenguaje le dice muy poco a un niño de esa edad que sueña con ser el hombre invisible y cuya principal preocupación es que llegue el fin de semana para ver, donde los vecinos menos pobres, "Los súper amigos". Tuve que esperar siete años para conocer al Conde de Montecristo, a Dartagñan, a Jim en la Isla del tesoro y a Oliver Twist. Debí esperar doce años para ver realizado mi sueño de volverme invisible con David Copperfield, y quince para arrimarme a la filosofía, apasionante universo del que me espantó el más mediocre de todos los docentes que tuve la desdicha de tener, el profesor de filosofía, un embaucador que nos embromaba en sus clases aterrorizándonos con sus normas y hablándonos de fútbol, materia de la que vine a saber años más tarde. Él tampoco sabía.

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