PATIO # 2
Por: Leidy Juliana Muñoz Cáceres
El reloj de la iglesia ha dejado el eco de sus campanazos en mis oídos- ya es hora-pienso, y me levanto sin ningún esfuerzo de la cama, hoy no hay tiempo para unos minutos más dando vueltas y jugando a la oruga, hoy es domingo y el bus que parte a las 4 de la mañana es inmisericorde, no esperara unos minutos más a nadie, no le importara emprender el viaje con el aguacero que desde la media noche azota al pequeño caserío en que vivo. Un duchazo rápido y un poco de café que mi madre, a la que veo cada vez más delgada y vieja, ha preparado terminan por despertarme. Mi madre ya no es la misma desde ese febrero maldito que nos jodió la vida a ella, a mi padre, a mi hermano y a mí. Ha pasado un año y medio y nunca la he vuelto a ver sonreír. La escucho llorar con frecuencia en las noches y me siento impotente e inútil, estoy segura de que a mi hermano le pasa lo mismo que a mí, y por eso es que prefiere estar en la calle tomando y buscando pelea para sacar todo ese resentimiento y dolor que poco a poco le desmorona el alma.
El olor del pescado frito y de la sopa de pan que con mucho esmero hicimos el día anterior y que mi madre ha calentado invade la casa y el perro empieza a aruñar la puerta sin pintar que divide el patio de la cocina. Mi madre termina de empacar la comida, mientras me aseguro de que el pasaje de bus esté en mi cartera y cuento los pocos billetes que tengo para el viaje. Después de hacer las cuentas sé que si no gasto más que en el pasaje del otro bus que debo tomar para llegar a mi destino final y en los pasajes de vuelta, podré comprar una caja pequeña de las almendras que tanto le gustan a mamá. Todo está listo, le pido la bendición y ella de espaldas responde entre dientes - que Dios la bendiga- doy unos golpecitos a la puerta de la habitación de mi hermano, pero lo único que escucho son las pesadas gotas de lluvia que amenazan con traspasar las tejas de eternit de la casa. No espero que él me despida con un beso, ahora sólo ruego que por el guayabo, producto de las borracheras de las dos noches anteriores, no se levante malhumorado y obligue a mi madre a que le de la plata que no tiene para ir a pagar las deudas acumuladas de toda la semana en casi todas las guaraperías del pueblo.
Soy la última pasajera en subir al bus grande y viejo del color de la bandera nacional. La puerta se cierra y el ruido de la lluvia casi desaparece. Observó que hay asientos al final del pasillo del bus y, dejando un charco de agua detrás de cada paso que dio, me dirijo a el que será mi asiento entre saludos y sonrisas postizas a los rostros pálidos y adormecidos de ojos hinchados que serán mis compañeros del viaje que durará unas 5 horas. Yo desconozco su destino y los motivos de su viaje, ellos en cambio, desde hace un año y medio, saben muy bien hacia dónde, por qué y para qué viajo. A veces tengo la sensación de que sienten pena por mí, por mi familia, pero eso me disgusta, así que renuncio de inmediato a esa idea y traigo a mi mente los pocos recuerdos agradables que conservo en mi memoria y que suavizan mi tristeza, esa odiosa tristeza que está acabando con mis ilusiones y con mis esperanzas.
El aguacero parece ser eterno, son las 6:15 a.m y el bus hace la primera parada en Mogotes, un pueblo igual de pequeño al mío, pero con menos pobreza. Los pasajeros que no se dejaron vencer por el sueño bajan del bus y cubriéndose la cabeza con sus chaquetas llegan hasta una de las pocas tiendas que se encuentra abierta. La comida que mi mamá empacó sigue caliente, la protejo entre mi regazo y mis piernas como a un bebe recién nacido. El conductor, un hombre poco simpático y agradable da la señal para que todos los pasajeros vuelvan al bus. Dejo que mis ojos se cierren para que los que me conocen crean que estoy dormida y no se les ocurra pensar que no tengo dinero para comprarme algo que me calme el hambre y el frio. El olor de las empanadas y de las arepas de huevo que algunos de los pasajeros comen a sus expensas en el bus, me causan náuseas, es un olor insoportable, en cambio la comida de mamá huele delicioso. Abro la ventana y la brisa, acompañada de unas pequeñas gotitas de agua que refrescan mi cara, desaparecen el hedor.
He escuchado decir que es bueno alejarse y pasar unos instantes del día sólo, a mí no me gusta estar mucho tiempo sola, muchos pensamientos llegan a mi mente y siento que me vuelvo loca; todavía falta mucho camino y los recuerdos empiezan a brotar como las gotas de agua en el vidrio de la ventana. En el asiento vecino viaja don Marcos con sus dos nietos, él se parece mucho a mi nono, Clemente se llamaba; él vivía en el campo y bajaba al pueblo con su burrito gris todos los domingos a la misa y a vender mora, curuba, papa o lo que hubiera en cosecha. Después de la misa mi hermano y yo lo esperábamos en el atrio de la iglesia para que nos diera lo nuestro, una moneda de 200 pesos para cada uno, esa era el mejor incentivo para soportar el incomprensible sermón de un hombre con graciosos vestidos de colores.
Ahora recuerdo el día de mi cumpleaños número 6. Mi nono, como todos los años llegó a casa con un pollito, del color de la ceniza seca, amarrado de pies; mi madre lo recibió entre numerosos agradecimientos y lo dejó libre en el solar de la casa; mi abuelo sacó de su bolsillo un billete de 5000 pesos y me lo entregó, se despidió y me dio un beso en la frente. Mi corazón saltaba de alegría, nunca había tenido tanto dinero entre mis manos; mi hermano presencio toda la escena y sin poder aguantar el llanto corrió, a su habitación y tendido en la cama lloraba más que cuando mi mamá lo castigaba por alguna travesura. Sin pensarlo dos veces tome el billete y lo rompí por la mitad, le ofrecí un pedazo y yo me quedé con el resto. En esos momentos, los dos nos sentíamos los dueños del mundo, pero no pasó mucho tiempo antes de que nos diéramos cuenta del error que había cometido y ese día los dos lloramos hasta el cansancio. Pequeños golpes para pequeños niños, con el pasar del tiempo las cosas se hacen más difíciles y los golpes de la vida parecen superar los límites de nuestras fuerzas.
La lluvia va cesando a medida que el bus avanza por la carretera destapada; hecho un vistazo al reloj de pulso de don Marcos que, como un araña pisada, yace dormido en su asiento ; falta una hora de camino y me estomago empieza a protestar; para apaciguarlo, cierro mis ojos y me dispongo a dormir. El bus se detiene y sólo yo y doña Mercedes, la que hace los chorizos más ricos en el pueblo, nos bajamos. Doña Mercedes casi no viaja, pero cuando lo hace, le trae a sus hijos de todo lo que puede, desde maticas para hacer aguas aromáticas hasta tamales y pollos gordos listos para cocinar. Abandono sobre un andén por un momento mi equipaje y le ayudo a subir al taxi los pesados paquetes. No tendría que ser adivina para darse cuenta de que yo no había desayunado nada aún, y de su anticuada cartera saca un billete doblado para que me comprara un café con leche y una arepa de maíz; me encanta la arepa de maíz, pero prefiero usar el billete para comprarle una caja de almendras grande a mamá, ella se pondrá muy feliz, lo sé.
Compro el pasaje de bus que me llevará a mi destino final. El bus no tarda en arribar y pronto está repleto. Sonrió al observar que, a excepción del señor conductor, todos los pasajeros son mujeres, si no fuera porque hay unas un tanto viejas cualquiera pensaría que es un tour de quinceañeras. Pero si fuera así, me imagino, todas tendríamos caras risueñas y no dejaríamos de hablar, reír, cantar y hasta bailar, pero los rostros de todas estas mujeres están llenos de dolor, las observo una por una y pareciera que de sus ojos no pudiera salir una lágrima más. A todas nos une algo, un error, pero no nuestro, nosotras sólo queremos apaciguar las consecuencias del error de alguien más, alguien a quien amamos a pesar de que por su culpa nuestras vidas se hubieran revestido de luto. El bus se estaciona y mientras nos bajamos escuchamos la voz ronca del conductor que nos advierte la hora de partida.
Víctimas de la costumbre, todas nos dirigimos a la única construcción que se encuentra cerca de aquel lugar, un viejo restaurante que sólo abre los fines de semana con el menú de siempre: carne oreada, mute o pollo asado. Un anciano en silla de ruedas se ofrece a cuidar nuestras pertenencias a cambio de algunas monedas. No somos las únicas mujeres que han llegado hasta allí, por todos lados se ven procesiones de damas, rociándose lociones, peinándose, acicalándose, pero sólo son intentos fallidos para disimular los trasmochos y lloriqueos de tantas noches. Me dirijo al cuarto de baño y me lavo la cara, luego me cambio los zapatos, húmedos aún por el aguacero de la madrugada, y me pongo unas sandalias desgastadas de mamá que me quedan un poco grandes. Pero no hay otra opción, usar sandalias es un requisito para quienes quieran entrar, también está prohibido llevar dinero, cualquier objeto corto punzante o bebidas que se puedan fermentar y otras cosas que sabemos ya de memoria. Me dirijo hacia la fila que avanza lenta y silenciosamente. El sol se hace insoportable y mis pies empiezan a hincharse, ahora las sandalias me quedan ajustadas.
Pienso en mamá, deben ser cerca de las 10: 00 a.m y ella estará en el restaurante de la escuela, arreglando todo para el almuerzo de los chicos. Me pregunto si José, mi hermano, ya se habrá despertado, ojalá cuando lo haga mamá no esté en casa y tenga que pelear sólo. No es que crea que mi hermano es malo, sólo pienso que es débil y cobarde, él ya es un hombre y debería velar por mamá y por mí, pero con sus comportamientos complica más las cosas. ¡Tonta!- me dijo a mi misma- Hoy no hay escuela, hoy es domingo, mamá estará rumbo a la iglesia y ofrecerá la misa por mi viaje y por lo de siempre. Una voz firme y mecánica me saca de mi solipsismo- siguiente, la cédula y su brazo derecho- hace unos pocos meses cumplí los dieciocho años y desde entonces viajo sola, antes lo hacía en compañía de mamá. Mi brazo ha sido marcado por un sello azul y la comida de mamá revolcada brutalmente por dos hombres uniformados y poco amables que se encargan de inspeccionar nuestros presentes. La comida ha sido examinada ahora es mi turno. En una pieza pequeña una mujer, también uniformada, me pide que levante los brazos y abra las piernas; arrastra, desde mi cabeza hasta mis pies, un aparato que no debe pitar, de lo contrario estaría en problemas; esas cosas me ponen nerviosa, prefiero los perros husmeándome por todas partes. El sello es mi pasaporte y cada vez que debo cruzar una puerta debo hacerlo visible.
Avanzamos en grupos de cinco mujeres, algunas han empezado a suspirar, a otras se les empiezan a desgranar las lágrimas. Es una sensación extraña, a veces he sentido muchas ganas de salir corriendo, de llorar, de gritar, pero, en un estado de sonambulismo, dejo que mis piernas sigan al hombre corpulento que nos conduce a través de pasadizos que parecen interminables. Por fin llegamos a la reja que conduce al patio número 2. Esa reja simple, descolorida e imperfecta es la que mantiene presos a más de 50 hombres que han sido exiliados y borrados de la sociedad. Me acerco a la reja casi a ciegas porque mis ojos se ahogan entre lágrimas, me detengo y los cierro con fuerza y dejo que el llanto caiga para limpiarlo enseguida, respiro profundamente y antes de que un hombre delgado y calvo que se encuentra al otro lado de la reja me pregunte por un nombre, consigo sosegarme y pronunciar: Hernando Muñoz. Mientras el eco de mi voz llena el lugar y la reja se abre, me preparo para ofrecerle a mi padre mi mejor sonrisa.
No pasó mucho tiempo para ver aparecer al hombre que me dio la vida caminar hacia mí. Lo detallo muy bien, está un poco más panzón y canoso que la última vez que lo vi, también tiene la cara enrojecida y quemada por el sol. El calor en este lugar es insoportable. Lo abrazo fuertemente y froto mi rostro contra su hombro para limpiar las lágrimas rebeldes que se empeñan en aparecer. Él me toma de la mano y cruzamos la plazoleta mientras el hombre calvo de la entrada sigue pronunciando nombres masculinos. Me pregunto quién podrá llamarse Sabas Belisario, el nombre perfecto para un personajes de los relatos de García Márquez o de Rulfo, giro la cabeza y veo a un hombre de piel oscura, que no alcanzará el metro y medio de estatura y que al parecer tiene una hernia en su estómago. Bueno aquí hay de todo, es una especie de aldea masculina. Caminamos en medio de hombres adormecidos entre hamacas coloridas colgadas de cualquier viga improvisada, bajo las escasas tejas de zinc. Los más jóvenes juegan naipe, esperando ansiosos que el portavoz del patio repita sus nombres. Esperar, eso es lo único que les queda. Mi padre me contó que hace poco le dieron la salida a un hombre de 65 años que había vivido aquí la tercera parte de su vida por un crimen que no cometió, tuvo que pasar mucho tiempo antes de que se demostrara su inocencia. Cómo podría recuperar el tiempo perdido, cómo. Estos hombres no pagan sus culpas con dinero, eso no es suficiente para reparar sus errores, ellos pagan con tiempo, invaluable tiempo.
Las gotas de sudor resbalan por mis mejillas y en medio de piropos y silbidos mi padre me dirige al lugar que ocuparemos. Un rinconcito donde podremos escapar del azotador sol. Mi misión, es alegrarle el rato a papá y aprovecho cualquier oportunidad para hacerlo reír. Le cuento cómo a don Inocencio, nuestro vecino, un hombre tacaño y avariento que hacía unos meses se fue para la ciudad dejando deudas considerables en las tiendas del pueblo, le toco arrodillársele y suplicarle a las autoridades para que no lo metieran preso por hacerse pasar por desplazado por la violencia para recibir ayuda del gobierno y otros chismes que escucha con atención y logran sacarle unas buenas carcajadas. Él me pregunta por mamá y por José, me duele mentirle, pero lo hago, le digo que mamá está bien y que mi hermano piensa irse a trabajar a la ciudad cuando él salga de la cárcel. En el fondo sé que papá sabe que estoy mintiendo y que ninguno de nosotros está bien. Yo debería estar estudiando, mamá tiene la vena várice y no es bueno que pase tanto tiempo de pie en el restaurante y José, cada día está peor.
Es medio día y ya no se oyen nombres en el patio. Destapo la comida y parece estar igual de caliente a cuando mamá la envolvió. Papá no disimula su contento al ver la sopa de pan y acerca la taza a su nariz y huele con fuerza como si quisiera que el olor se quedara perpetuo en sus pulmones. Hizo la seña de dividir la comida en dos, pero me opuse, no tenía hambre, tenía mucha sed. Papá se levantó y pidió en una ventanilla un sobre de fresco de mora. No me había percatado de la gran fila de hombres que se formaba detrás de otras ventanillas, era medio día y no todos los presos recibían visitas, era hora de su almuerzo. Igual que en el restaurante de afuera, el menú aquí parece ser el mismo: un poco de arroz, unas alas descoloridas de pollo, medio plátano cocido y medio tomate rebanado. No creo que ese modesto almuerzo pueda calmar el hambre del tipo de 95 kilogramos que se sentó cerca a nosotros, y más cuando se ha desayunado con un pan, un huevo cocido y medio vaso de café. La vida en este lugar es dura, aunque papá quiera hacernos pensar lo contrario, sé que con frecuencia pasan días enteros sin agua, la comida es insuficiente, las celdas no son más grandes que un baño público y la regla madre de por uno pagan todos le han obligado a cumplir castigos injustos, sin contar los conflictos internos entre bandos y, como si fuera poco, la inhumanidad de la mayoría de los guardias. Este no es un buen lugar para un viejo como papá, no es un buen lugar para nadie.
El sol empieza a bajar y la quietud reina en el lugar. Papá ha dejado algo de pescado para la cena después de compartir un poco de sopa con Juancho, del que se ha hecho amigo, un hombre con apariencia de sacerdote, de piel blanca y manos limpias al que, según papá, su familia parece haber enterrado en vida. En medio de recuerdos, risas y suspiros el tiempo se muestra cruel; deja de ser el mismo tiempo lento y eterno del lunes, martes, miércoles, jueves y viernes y parece repentino y fugaz. Papá y yo sabemos que no tardará en arribar el guardia de la voz más varonil para ordenarnos salir. Saca unas manillas de hilo de colores con el nombre de mamá, de José y el mío tejidas por él mismo, estiro mi brazo y mientras él la ata, las lágrimas empiezan a desgranarse y mis esfuerzo por impedirlo son inútiles. El guardia ha dado la orden y los besos de las parejas de esposos y novios se hacen más apasionados y febriles. Papá me limpia las lágrimas con sus manos, todavía ásperas por los trabajos de campo que hace tiempo realizaba en la finca que un día fue nuestra, y me da un beso tierno sobre cada párpado de mis ojos, me dice que pronto pasará todo y que pronto volveremos a estar juntos. Pero cuándo, digo para mí misma, me aferro a él fuertemente, como si quisiera que una parte de mí se quedara dentro de él para protegerlo, para consolarlo, para ayudarlo a vencer la soledad y la maldita rutina y para llevarme el recuerdo de su olor en mis entrañas. Te amo, le digo y huyo.
El desfile de mujeres parece interminable, parecemos un montón de prisioneras que parsimoniosamente se dirigen al paredón de fusilamiento, nos falta algo para ser totalmente libres. Siento que abandono a mi padre, y me avergüenzo y desprecio al descubrirme alegre por momentos, mientras a mi padre se la acaba la vida en ese miserable hueco y lo peor es que ni yo, ni nadie puede hacer nada para impedirlo.
Las dos manos del viejo encargado del cuidado de los equipajes no son suficientes para tomar los billetes que recibe como pago. Parece como si se hubiera dado la orden de romper filas y el caos se apodera del lugar. Siento un alivio enorme al quitarme las sandalias de cuero que llevo y unas gotitas de sangre brotan del dedo más pequeño de mi pie derecho; no sé cuánto tiempo estuve observando el gran portón verde de la entrada de la cárcel imaginándome el día en que papá saliera libre, las lágrimas tendrían un sabor dulce, mamá reiría a carcajadas, José pensaría en una nueva vida y yo, yo sería la mujer más feliz del mundo y lo primero que haría sería botar a la mierda estas malditas sandalias.
Son las 2:15 de la tarde, el sonido de la bocina del bus que viene a recogernos me saca de mi soliloquio y me descubro con una sonrisa en mi rostro. Los buses van y viene y pronto lo que pareció ser una gran feria femenina, se reduce a un insípido desierto. Me acomodo al lado de una ventana, pero la certidumbre de recorrer el mismo paisaje: las mismas montañas, los mismos árboles, las mismas tiendas improvisadas en los caminos, me fastidia, así que dormiré hasta llegar a Mogotes, allí compraré las almendras para mamá. La brisa helada que entra con violencia por la ventana, hace que me despierte bruscamente. A buena hora- pienso- falta poco para llegar al pueblo. Le pregunto al chico de la tienda, que acomoda de espaldas a mí algunas cajas en las vitrinas de los paredones, el precio de la caja más grande de almendras, me responde sin abandonar su labor, y el sonido que hago al regar las monedas sobre el mostrador, atrae su atención.
El chico de ojos grandes y negros espera que cuente el dinero que llevo y nota de inmediato, tal vez por el gesto de decepción que se dibuja en mi rostro, que no es suficiente,- pero hoy hay una promoción especial para viajeros-dice con una seriedad aparente y si le resta al precio original unos porcientos improvisados por él mismo, la caja de almendras es mía. Un poco sonrojada agradezco su servicio y me dirijo al bus. A medida que el sol se esconde la brisa es más fría y mi cuerpo empieza a sentir las consecuencias de un estómago vacío. Entre numerosos intentos por evitar que las náuseas se convirtieran en vómitos el viaje llega a su fin.
Deberán ser casi las ocho de la noche y mi pueblo parece un pueblo fantasma. La misa de la tarde ya ha terminado y en las tiendas ya no queda una sola cerveza. Mamá está en la puerta de la casa, envuelta en la ruana blanca con la que papá se cubría todas las noches. Le pido la bendición y sin contestarme, ni dejarme siquiera entrar a la casa, me pregunta por papá, le digo que está bien, que está más gordo y que le agradece mucho por haberle mandado la sopa de pan. Saco de mi bolsillo la manilla que papá me pidió que le entregara y deja escapar una lágrima de sus ojos, entonces abandona su condición de estatua y camina hacia el interior de la casa. Pienso en José y no hubo la necesidad de preguntarle a mamá por él, apenas puse los pies en la sala un hedor a alcohol y sudor traspasaron mi nariz y tuve que hacer un esfuerzo enorme por evitar que mi estomago expulsara el refresco de mora que bebí en la cárcel. Desde la sala puedo ver que entre la oscuridad unas piernas se descuelgan de la cama y percibo el ronquido propio de aquellos seres débiles y torpes que encuentran en el alcohol la solución a sus desgracias.
Mamá me pide que le lleve a la cocina los trastes vacios y sucios que parecen ser mi único presente del viaje; de inmediato recuerdo la caja de almendras a la que le adherí un intento de flor con un poco de hilo del color que más le gusta a mamá: amarillo, del mismo que utilizó papá para tejer las manillas. Me acomodo en la silla que papá siempre ocupada, la del extremo de la mesa y que desde su ausencia procurábamos no utilizar aguardando el momento glorioso en que su parsimonioso y pesado cuerpo se vuelva a reposar sobre ella. Mamá me sirve una taza de chocolate caliente acompañada de un pan que amenaza con reducir el número de dientes que alberga mi boca. Como en una especie de ceremonia, ofrezco a mamá la caja de almendras más grande y rica que, sin duda, ella habría podido haber visto y comido en su vida. Siento la misma sensación de goce de cuando era chica y le mostraba la E gigante dibujada con grafo rojo por el profesor de matemáticas en la evaluación final o la misma satisfacción de cuando le ofrecí a mi hermano la mitad del billete de 5000 que mi abuelo me regaló hacía tanto tiempo. Mamá toma la caja mientras clava una miraba fría en mis ojos, me da la espalda y prefiero pensar que ignorando el poder de mi oído, dice en un tono de decepción y rabia- mejor hubiera comprado unos huevos.
Lengua
Wilson Gòmez 7 de enero de 2008,
lunes, 27 de febrero de 2012
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